15 - Naranjos
Mis huesos temblaban igual que cuando de niño mamá me llevaba a vacunar. Pero en vez de la clínica pediátrica, lo que tenía frente a mí era el enorme portón oscuro que daba paso al rancho Salazar. Han pasado doce años desde la última vez que pisé este lugar, aun así, los recuerdos se sentían tan frescos como incómodos.
La entrada de la finca se veía tal como la recordaba, aunque a estas alturas ya no me fiaba de mis recuerdos. La placa exterior de plata con la leyenda “Rancho Salazar” se me figuraba como si estuviera leyendo la entrada hacia el corredor de la muerte. ¿Exagerado?, tal vez.
Estábamos en el lugar donde se asentaron los tres fundadores de Zan Mar Tyn, con el tiempo el sitio se convirtió en la zona donde se encontraban los ranchos de las familias más acaudaladas del pueblo, entre ellas los Salazar.
Fue el mismo lunático apestoso con el taxi destartalado quien nos llevó hasta allá, con excepción de tía Susana, por alguna razón que no entendí ni me interesó ella decidió salir antes que nosotros, uno de sus hermanos pasó a recogerla.
El rechinido de las bisagras que sostenían el pesado portón me estremecía cada que los vientos mañaneros movían la puerta.
El golpe de una puerta cerrándose tras de mí me sobresaltó.
—¡Puta madre…! —exclamé.
El taxista se hallaba recargado junto a su auto e intentaba encender un cigarrillo pero los ventarrones le hacían difícil la tarea. Una vez lo logró dio una larga calada, me sonrió con esa desagradable dentadura. Era la primera vez que lo veía de pie por lo que ahora era capaz de contemplar su gran estatura. Me parecía ilógico que pudiera caber dentro de un Tsuru que a simple vista se veía tan pequeño.
—¿Disfrutaste tu paseo anoche, carnalito? —su pregunta me sacó de onda.
Por unos segundos su rostro quedó ofuscado tras una densa nube de humo. A pesar de la distancia sentí como si me llegara el el amargo aroma de la nicotina.
—Yo no fui al festival —respondí pensando que se refería a eso.
—Lo sé.
«¿Me vio andando por las calles?» La duda resonó en mi interior como un eco escalofriante.
—¿Qué no venías también a saludar a tu abuela? —preguntó tras otra larga calada—. ¿O prefieres acompañarme? Te ofrecería uno —dijo señalando su cigarro—, pero no es de la verde como la que te gusta —aseguró soltando una espesa risotada.
Su comentario me erizó la médula.
Di media vuelta y avancé hasta el portón el cual mamá y mi hermano dejaron entreabierto. Me sentí desconcertado por la explosión de colores que se veía detrás, diversas plantas y flores pintaban el comienzo del jardín como pintura de óleo.
Tras de mí la terracería y el desierto se extendía más allá de donde terminaba la calle, volví mi vista hacia la abertura del portón, la imagen me parecía un poco irreal, me parecía como si estuviera viendo un oasis en medio del desierto.
Aquello no era como recordaba los jardines del rancho, en ese entonces solo había visto flores silvestres y palmeras que enfilaban el camino de piedra hacia la casona.
Nunca quise regresar, pero ahí estaba, dispuesto a saludar a la vieja bruja. Respiré hondo mientras trataba de tranquilizar mi torbellino de emociones.
El rostro de tía Susana me hizo dar un brinco.
—¿Por qué sigues ahí afuera? Entra —me indicó desde el otro lado del portón.
A mi nariz llegó el dejo de ese ya característico y molesto perfume floral que parecía aparecer y desaparecer por todas partes de forma aleatoria, otra vez parecía envolver a mi tía. Quise comprobarlo pero la intensidad del sol no me dejó apreciar sus pupilas. Tía Susana me jaló hacia el interior.
Dar el primer paso sobre el jardín se sintió como si algo en mi hubiera sido succionado, como la sensación de presión al caer dentro del agua. Mis latidos se dispararon al punto de sentir los golpeteos en mis oídos.
Miré a mi alrededor, desconcertado. En definitiva este no era el lugar que recordaba.
Seguí los acelerados pasos de tía Susana por el camino de piedra. A las palmeras se les habían sumado naranjos y mandarinos tan densos de frutos que incluso tuve que patear algunas naranjas por el camino. Los arboles y flores combinaban con el naranja de la mansión colonial que se veía en el fondo, una que con cada avance se hacía más imponente, como si se alzara igual a un oso frente a una presa.
Estábamos a cielo abierto, me sentía tanto enclaustrado como asfixiado, cada paso que daba sentía que me costaba más trabajo el respirar, pero no por el perfume el cual ya no siquiera notaba.
Al divisar a la abuela Isabel sentí como si me atragantara con mi propia lengua. Se le veía en el pórtico, sentada en su silla de ruedas. Su mirada fija en las montañas, territorio donde se encontraban las ahora abandonadas minas Salazar. Pude darme cuenta ya más tarde pero aquellas montañas también se alcanzaban a ver desde el tercer piso del departamento de tía Susana.
Me detuve a unos metros de llegar al pórtico, en cambio tía Susana si subió la escalinata. Ya sabía de la actitud sumisa que provocaba no solo la abuela Isabel en sus hijos, era algo que mamá llegó a entrever por como relataba que era la crianza que incluso el abuelo exigía a todos sus hijos, aun así me fue desconcertante ver como la actitud relajada de la tía Susana se fue en cierta forma achicando con forme fue subiendo la escalinata. Se inclinó sobre la silla hasta tocarle el hombro a la abuela.
—No necesitas manosearme para saber que estás aquí, estoy inválida, no invidente.
Tía Susana reaccionó y retrocedió unos pasos.
—Aquí está —avisó tía Susana después de aclarar su garganta.
—¿Quién?
—El primogénito de Madeline, Miguel.
Se apartó quitándose del campo de visión de la abuela.
Lo primero vi fue su semblante, uno que con los años parecía haberse vuelto más duro y marcado, aunque conservaba el mismo estilo de ropa oscura y anticuada que de seguro en su momento debió ser símbolo de clase. Llevaba labial escarlata, su cabello platinado se veía recogido en un moño con dorados adornos intrincados.
Por un momento volví a sentirme como ese niño que no paraba de preguntarle a mamá por qué la abuela parecía no quererlo. «¿Por qué la abuela no puede ser como la de mis amigos?», llegué a preguntarle a mamá. «A ellos cada que los visitan los reciben con un beso y abrazo.»
Tomó los lentes que colgaban de su cuello y los colocó sobre sus ojos arrugados, frunció sus delineadas cejas en expresión evaluadora. La incomodidad escurría por mi cuerpo mientras me barría con la mirada. Yo por mi parte me seguía sintiendo sofocando.
—¿Qué tu madre nunca te enseñó modales? —su pregunta se sintió como vendaval—, ¿acaso piensas quedarte ahí sin saludar?
Mis pies vacilaban mientras en mi cabeza se repetían las palabras que le oí decir a Rafa esta mañana.
"La abuela dice que nunca hubo viaje de trabajo..."
Saboreé la bilis que subiendo desde mi estómago.
—Hola —solté sin evitar desviar la mirada.
—Pero acércate, no soy cualquier chusma a quien saludas.
Mi paciencia y pulmones estaban al límite, la razón de lo primero era obvio, pero lo segundo era por el perfume que hasta el momento se había camuflado.
—¿Muchacho? —la abuela seguía usando esa palabra a pesar de saber mi nombre—, ¿es que la capital también te dejó sordo?
Recordé lo que dijo Simón ayer, eso sobre darse unos toques antes de la fiesta de su padre. Deseaba tanto un porro, aunque después de lo de anoche…
Las pesadas puertas dobles de la casona permanecían abiertas dejando que la luz del exterior se reflejara en el espejo ornamentado del recibidor. Un coro de risotadas salieron desde adentro y a los pocos segundos pasó corriendo un grupo de niños, me fue fácil distinguir a mi hermano entre ellos.
—¡Rafael!, ¿¡qué estás haciendo!? —grité tan fuerte que una parvada de aves salieron volando desde las copas de los naranjos.
Rafa se detuvo y regresó entre bailoteos. Mostraba una amplia sonrisa, como si todo estuviera perfecto. Mis ojos desorbitaron más al darme cuenta de que no llevaba cubrebocas. Lo pesqué del brazo y le arrastré hacia mí con más fuerza de la debida, aun así no se quejó, solo me siguió mirando con una gran sonrisa azucarada.
—¿Qué chingados?, ¿dónde está tu cubrebocas? —pregunté quitándome mi suéter para ponérselo. Le coloqué el gorro e intenté ajustarlo para que le cubriera la boca.
Rafa manoteó hasta que se libró de mi agarre. Esperé que hiciera algún reclamo, pero lo único que hizo fue extenderme un buñuelo a medio comer. Mi nariz y garganta volvieron a picarme apenas los cristales de azucar se pegaron a mis labios.
—¿Quieres?
Pude notar sus ojos dilatados, el brillo cristalino de sus pupilas hacían que estas se vieran aún más negras, como dos norias tan profundas que lo único que se alcanzaba a ver era el lejano reflejo del sol destellando sobre el agua del fondo.
Las gotas frío de sudor que resbalaron por mi espalda extendieron la incomodidad por todo mi cuerpo.
—¿Dónde está mamá? —pregunté apartando su mano.
—Adentro, con los tíos, desde hace rato que se metieron a hablar a un cuarto.
Pestañeé varias veces, incluso me moví un poco tratando de convencerme de que solo se trataba de un efecto de la luz, o mi ansiedad haciéndome jugarretas, pero no, los ojos de Rafa siguieron igual.
Quise respirar hondo pero mi moquera se incrementó. Resultaba irónico que la nariz de Rafa se veía limpia.
—¿En serio no quieres?—preguntó volviendo a alzar el buñuelo justo después de mordisquearlo— están riquísimos, los hizo la abuela.
La risa gorgoteante de la anciana fue menos impactante que verla abrazar a Rafa.
—Me das mucho crédito, cariño —dijo acariciándole la nuca—, fueron las muchachas de la cocina quienes hicieron todo el trabajo. —Alejó un poco a mi hermano y lo examinó de arriba a abajo— Pero mira nada más, ni siquiera nos hemos sentado a comer y ya estás hecho un desastre, estás más sucio que los mozos de las caballerizas —y como si de pronto recordara mi presencia, también volteó a verme—. En cuanto a ti, tu cabello ya de por sí da pena, ¿qué no hay peluqueros en la ciudad?
—Mamá... —tía Susana se acercó para intervenir, pero fue silenciada con un simple dedo alzado.
—Sabía que Madeline necesitaba ayuda, pero no imaginaba que los tenía viviendo en la pobreza —tomó la manga de Rafael entre sus huesudos dedos analizando la tela—. Bien le dije que no era inteligente abandonar Zan Mar Tyn con ese sinverguenza, pero nunca entendió razones.
Tomé a Rafa y lo jalé hasta soltarlo de la abuela. Me coloqué frente a él tal escudo.
Cada segundo que pasaba bajo esa mirada filosa se sentía igual a ser observado a través de la mirilla de un fusil, pero en vez de balas lo que se disparaban eran palabras aplomadas.
—Si Aparicio estuviera con nosotros no tardaría en reñir a Madeline por tener hijos tan famélicos.
—Madre, todavía son jóvenes, Rafael sobre todo —agregó tía Susana.
—Tonterías, yo nunca permití que ninguno de ustedes mostrará ni una sombra de sus costillas, aun a la fecha procuro que estén bien alimentados —se quitó los lentes dejándolos colgar del cuello.
Carraspeó su garganta y levantó una de sus manos. La movió provocando un peculiar sonido en el aire, tardé en darme cuenta de que había chasqueado sus dedos. A los pocos segundos apareció una mujer vestida en ropas grises.
—¿Llamó, señora?
—Llévame adentro —pidió a la empleada domestica—. ¡Ah!, y asegúrate de que estos niños tengan ropa decente para el día de mañana, no quiero que la gente, en especial Kostka y Lucía piense que tengo pordioseros en mi familia.
—Claro, señora.
La mujer tomó la silla de ruedas de la abuela y giró hasta cruzar el umbral. Tía Susana parecía estar dispuesta a seguirlas, pero antes de perderse entre las sombras del pasillo giró su cabeza haciendo que nuestras miradas se cruzaran. Me sonrió dejandome ver un destelló de sus ojos dilatados.
Miré a mi espalda encontrándome para ver el momento en el que Rafa se terminó su buñuelo de un gran bocado.
—Anda, deja te enseño donde están los buñuelos —me avisó después de limpiarse los restos azúcar de varios lengüetazos.
Aun me parecía increíble seguirlo viendo sin cubrebocas. Mi hermano debió de haberse desesperado de no recibir respuesta pues se echó a correr al interior de la casa dejándome solo ahí afuera, únicamente acompañado de aroma de los naranjos y una tormenta de dudas.
¿Cómo es que de pronto Rafa podía correr y respirar como si nada?, desde la mañana que no lo había escuchado toser o atragantarse en flemas. ¿Qué chingados estaba pasando?
Bajé mi mirada a mi antebrazo amoratado, pues había estado pellizcándome desde que volví a verlo correr, tenía la esperanza de que estaba alucinando, pensamiento que comenzaba a hacerse frecuente en mi cabeza.


