14 - Modelo
A cualquiera le sonaría peligroso y descabellado tener a docenas de criaturas preternaturales cautivas en un mismo lugar. En efecto, se hallaban bajo tierra, y la mayoría de los humanos de la cofradía eran versados en distintas formas de combate, aun así, los cerberos andaban libres, mayormente sin vigilancia. La duda de si en algún momento alguno habría escapado del claustro; o al menos lo habría intentado, no estaba fuera de lugar, aunque todo se resumía en algo, aquello que rodeaba sus cuellos. Los collares de obediencia.
Después de caminar por el pasillo por algunos minutos Ludovic llegó a una pequeña plataforma de tren, la estética victoriana recordaba a las viejas estaciones de Ourebia, con la diferencia de que solo había un único riel en el que descansaba un tranvía, uno que poseía la misma decoración anticuada que ya era habitual en el claustro. Dentro de la cabina se lograba ver un panel de control que contrastaba demasiado con el resto de la estética.
Ludovic se puso en cuclillas hasta que estuvo a la altura de Victoria la cual se encontraba en el suelo gimoteando en medio de espasmos. Sobre la música de sus audífonos se alcanzaba a oír el familiar murmullo de la electricidad, pero este no provenía de los cables del tranvía ni de las vías, la electricidad era producido por el collar de Victoria.
Ludo pausó la música.
—Das ternura, chispitas —dijo colgándose los audífonos al cuello—. ¿En serio creíste que sería tan fácil escapar?
El rumor eléctrico disminuyó hasta detenerse. Cuando Victoria pudo abrir los ojos vio a con su sonrisa extendida señalando su propio collar.
—Esto no solo limita tus poderes y anula tu pacto demoníaco, también restringe las área por la que puedes andar por el claustro —se levantó y le extendió una mano—. Pasará un buen tiempo antes de que te permitan salir de aquí, pero si vuelves a intentar algo esto ten por seguro que la espera será más larga.
Victoria observó la pálida mano por unos instantes antes de apartarla de golpe. Se incorporó por su cuenta con algo de dificultad.
Ludovic volteó hacia el dron que flotaba junto a él.
—Espero que estén viendo que sí lo estoy intentando.
—¿Chispitas…? —preguntó Victoria entre gimoteos. Había un curioso acento en su voz, lo cual era normal de oír entre los folkloristas y cerberos teniendo en cuenta las múltiples nacionalidades que conformaban sus filas.
—Ya sabes, en el barco. Creo que logré ver un poco de tus poderes antes de perderte de vista —dijo alzando las manos y sacudiendo los dedos—. Me lanzaste algo rojo, como chispas o fuego, por poco y me das en un ojo. ¡Y sí puedes hablar! —señaló sonriente—. Llegué a sospechar que se les había olvidado a los alquimistas ponerte el sigilo babilónico, me entiendes.
Los ojos ámbar de Victoria le miraban con fastidio.
—¿No te gusta el apodo?, ¿brujita entonces? Aunque no suena original —corrigió de inmediato con duda—. ¿Viky?, ¿Tori? A mí algunos me dicen Ludo, hasta hace unos años me decían Vic, pero no me gustaba, así le decía a mi antiguo tutor…
—¿¡Alguna vez te callas, gilipollas!? —exclamó haciendo sobresaltar a Ludovic.
—Nadie me ha dicho así —respondió tras unos segundos de silencio—. ¿No es lo mismo que idiota? Eso sí me lo dicen mucho.
—No me sorprende, tío.
Victoria se palmeó el cuello, tratando de encontrar un broche o mecanismo de apertura.
—Te ves como esos videos de mascotas que intentan quitarse ese cono que les ponen… —aseguró haciendo un gesto con las manos.
La mirada de Victoria se volvió cortante.
—¿Me acabas de decir perra…?, ¿gata...?
Ludovic alzó las manos en defensa, alejándose de ella.
—No usé ninguna de esas palabras. Aunque deberías acostumbrarte a la palabra perra, vas a escucharla muy seguido de ahora en adelante… entre los adanes y evas, sobre todo.
Victoria estaba por encaminarse a una banca de madera que se veía en la plataforma, no muy lejos del umbral donde recibió la descarga. Antes de dar siquiera un paso, la mano de Ludovic la detuvo.
—A menos de que te hayas quedado con ganas de otra sacudida, te sugiero que busquemos otro lugar para sentarte.
Victoria miró la mano de Ludovic con desprecio y la sacudió de su hombro. Quiso alejarse, pero solo alcanzó a dar unos pasos erráticos antes de recargarse bajo una lámpara. Ya con la espalda apoyada, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. Abrazó sus rodillas y cerró los ojos. Tomó una gran bocanada de aire y al terminar hizo una mueca de asco. Volvió a mirar a Ludo con desdén.
—¿Podrías dejar de soltar tus apestosas feromonas? Ese olor a vainilla y plátano me está dando jaqueca —exclamó Victoria. Alzó una de sus manos en su dirección e hizo un extraño movimiento de dedos; un mudra, gesto manual con el que los usuarios de magia como los maleficarums canalizaban su magia. Después de unos segundos en los que no ocurrió nada la confusión surcó el rostro de Victoria. Volvió a jalonear de su collar.
—¿Feromonas?, yo no suelto feromonas, ni que fuera animal.
Ludovic estiró el cuello de su suéter y lo acercó a su nariz para inhalar, frunció aun más sus cejas en confusión.
—Uso una crema de plátano pero por que me gusta ese olor. ¿Qué te hizo pensar que yo tengo feromonas?
—¡Joder, tío! ¿En serio no te callas? Lo que quiero decir es que no vas a lograr nada con tus trucos, ya estoy acostumbrada a lidiar con demonios.
—¿Demonios? —preguntó Ludovic descolocado—. Yo no soy un demonio, la cofradía dejó no admite demonios entre los cerberos, de hecho, ningún demonio aceptaría si se les ofreciera, ellos son quienes ponen las cláusulas de sus pactos, no los humanos —ahora era él quien le dedicaba una mirada juzgona—. Pero eso ya deberías de saberlo, digo, tú eres la maleficarum.
Victoria movió la boca sin emitir sonido, abriéndola y cerrándola igual que un pez fuera del agua. Luego apretó los labios con fuerza y se incorporó entre tambaleos. Al menos su cuerpo había dejado de tener espasmos.
—Como sea. Escuché bien lo que dijo esa tía… Romero, la oí decir que eras un íncubo.
—Rose Mary —corrigió intentando contener la risa por el error de Victoria, aunque su traducción no estaba mal—. Y sí, lo dijo, pero los íncubos no somos demonios, que algunos adanes y evas nos asocien con ellos es otro tema, ellos estigmatizan y demonizan todo lo que no está dentro de sus creencias.
El angular rostro de Victoria se enmarcó en duda e incomodidad. Las sospechas de Ludovic se asentaban con cada reacción que le veía.
—Ven, sígueme —dijo antes de comenzar a caminar en dirección al vestíbulo.
Solo avanzó unos metros hasta que se detuvo frente a una puerta metálica. La opaca iluminación del pasillo y las piedras oscuras que formaban las paredes hacían que pasara desapercibida. El eco de las bisagras oxidadas rebotó por el túnel en el momento en el que Ludo la abrió.
—Solo quiero mostrarte algo. Si aun te molesta el olor de mi crema trataré de estar lo más alejado de ti… —mantuvo la puerta abierta hasta que Victoria decidió cruzarla, no sin antes mostrar una mueca y entornar los ojos.
La puerta daba a un pasillo angosto. Cables y cañerías colgaban de las paredes y techo dando una sensación que podría resultar asfixiante. Conforme avanzaban una corriente helada comenzó a golpearles desde el frente, el aroma del agua salada comenzó a notarse en el aire.
El yi-mini les seguía desde detrás emitiendo su estridulación mecánica cada tanto.
—¿A dónde vamos? —preguntó Victoria al identificar el inconfundible murmullo del mar.
—Ya lo veras, casi llegamos.
El pasillo desembocaba en un balcón vacío sin nada más que una impresionante vista. Victoria se acercó a la almena hasta apoyarse. Observó como frente a ella se extendía un cielo oscuro violentado por fuertes vientos helados.
—¿Dónde estamos? —preguntó con un hilo de voz.
—Bohemia, una isla volcánica al norte de Ourebia, cerca de la costa de los Reinos Bajos.
Pasaron minutos antes de que Victoria despegara su mirada del paisaje. Se apartó de la orilla y con paranoia llevó las manos a su cuello.
—No te preocupes, esta zona está dentro de los límites. De hecho creo que pocos saben de este lugar —aseguró Ludo—. Es uno de mis escondites favoritos, aunque rara veces vengo para acá, está lejos de avistamientos y de mi dormitorio, no me gusta mucho tener que pasar por el vestíbulo.
—¿Escondite? —preguntó Victoria confundida.
Ludovic la observó antes de él dirigir sus mirada hacia abajo, hacia las intensas olas del mar que se rompían al chocar contra las piedras oscuras de la montaña. El aroma de la sal era casi tan intenso como la humedad helada en el viento.
—¿Qué te dijeron sobre mí? ¿Solo hasta que lo oíste de Rose supiste que yo era un íncubo?
—Desde que llegué a este lugar me han dicho muchas cosas, la verdad no estoy segura si me llegaron a hablar de ti —respondió Victoria—. Si no me estaban entregando un montón de papeles a firmar había algún subnormal que no dejaba de parlotear boludeces. Casi no he prestado atención, tampoco es que quisiera, solo es la misma mierda de siempre, mismos patanes a cargo, la única diferencia es que no tienen colmillos ni tienen aversión al sol.
Ya no se escuchaba el murmullo mecánico que producía el dron pues este se había quedado dentro del pasillo por el que llegaron, se veía que tenía intenciones de salir, pero los vientos lo empujaban devolviéndolo hacía adentro. Ludo sospechaba que quien sea que hubiera solicitado el yi-mini no estaba complacido del pequeño desvío de ruta que decidieron tomar.
—¿Cuánto tiempo llevas maldita? —preguntó Ludovic después de mucho silencio.
—¿Te refieres al pacto que hice con Caacrinolas?
—No me interesa el nombre de tu demonio, pero sí, —volvió a preguntar. Su voz sonaba seria, muy distinta al timbre juguetón e ingenuo que era habitual escucharse en él— , por lo que me doy cuenta no habías oído hablar de la cofradía, al menos no mucho, y parece que tampoco estás muy familiarizada con el folklore.
Victoria seguía fija en el mar embravecido. Un par de págalos aterrizaron sobre unas rocas sobresalientes. La montaña negra bajo la que se escondía el claustro era a su vez envuelta por densas nubes condensadas que ni siquiera permitían ver la punta de la misma, lo único visible era una serie de discretas antenas que salían de cierta altura, aquellas que conectaban a la torre de los videntes, las luces debían parpadear con normalidad, pero en ese momento se les veían apagadas. Ludo supuso que debía de ser por los trabajos que NovaTec y su equipo de alquimistas seguían realizando en la torre.
—En dos meses cumplo cuatro años —dijo finalmente. Ludo quedó sorprendido, no imaginó que fuera tan poco tiempo—. Antes de que la corte de los marea roja diera conmigo, ya había sido esclava de otros traficantes... aunque estos eran humanos y traficaban con mercancías muy diferentes. Tenía poco de haber cumplido mis veintes, sentía que el mundo estaba a mis pies, había comenzado a ser una de las modelos más solicitadas de Iberia, tanto así que algunas marcas y diseñadores ya preguntaban por mi. Cierto día aparecieron estos tíos, me invitaron a formar parte de un evento de modas en Australis, me parecieron muy majos por lo que de inicio no sospeché nada, además mis amigos no hacían más que alentarme a aceptar e ir para allá.
Victoria hablaba en un tono distante. Ludo se limitó a escuchar.
—Me encontré con algo muy distinto a lo que esperaba… No había pasarela, no había maquillistas, no había reflectores ni paparazzis, las únicas telas que me permitieron usar desde ese momento muy apenas y me cubrían… Había otras chicas… la mayoría las mantenían desnudas, el lugar en donde nos encerraron era tan grande que ni siquiera se habían percatado de que algunas llevaban tiempo muertas, no las sacaban de ahí hasta que ya era imposible no ignorar la peste…
Su voz se quebró y Ludo se sintió nervioso al no saber si sería correcto ponerle una mano en su hombro, era algo habitual que llegaba a ver entre adánes y evas en situaciones sensibles como esa. Ella no lo apartó, en su lugar solo le dedicó a una sonrisa torcida cargada de un pesar y frustración que parecían palpables.
—Perdón, hace mucho que no hablaba de esto —aceptó—, y no me imaginaba que lo terminaría haciendo con un supuesto íncubo random. Así de jodida esta mi vida, ¿no?
—No tienes que contarme si no quieres, digo... apenas y nos conocemos de hace unas horas, si es que no contamos los momentos que nos vimos e intentamos matarnos en el barco —intentó contagiarle su sonrisa pero también la sintió pesada en sus labios—. Aunque siendo honesto tu historia tiene algo de similitud con la mía… al menos en el cómo ambos terminamos aquí.
Victoria soltó una carcajada, esta vez sonó genuina.
—Tío, ya me robaste cámara y andando en esas fachas —dijo señalando su ropa simple en comparación con la suya que se veía a la moda—, ¿ahora me quieres robar protagónico y competir por quién tuvo el pasado más trágico? vaya que si eres gilipollas.
Ambos compartieron sonrisas y Ludo sintió una calidez inesperada.
—Entonces… ¿cómo terminaste pactando con un demonio?, o sea... tan solo puedo imaginar.
Victoria suspiró antes de morderse los labios. Ludovic no podía estar seguro si el temblor en sus esbeltas piernas era por el frío o por la ansiedad.
—Estaba esta chica, era de algún lugar del medio oriente, no estoy segura, pero era capaz de hablar britanio. En las noches se ponía a hacer cosas que de inicio solo me parecieron extrañas costumbres religiosas, una forma que tenía de escapar de la realidad, pero ahora se que trataban de rituales para contactar a un infernal, Caacrinolas. Cierto día me dijo que yo tenía aptitudes, que tenía gracia y un nivel elevado de aura, boludeces que en ese momento no entendí, pero estaba desesperada, el único en mi cabeza era salir de ahí a como diera lugar.
Victoria se llevó una mano detrás de uno de sus oídos, de ellos colgaban unos elegantes aretes de cristal cortado. Hizo un movimiento con sus dedos y en su rostro apareció una sutil mueca de dolor, cuando volvió a poner la mano a la vista se pudo ver como de la yema de su pulgar brotaba una gota de sangre. La gota cambió de forma, se alargó y creció en tamaño hasta convertirse en algo parecido a una pica. La sangre se endureció y permaneció flotando sobre la palma de Victoria.
—Lo qué pasó después fue muy confuso, mis recuerdos están borrosos. Entre la falta de comida y las drogas que nos obligaban a tomar solo recuerdo que cierta noche apareció una figura amorfa y de colores extraños que estoy segura jamás había visto antes. No habló con palabras pero aun así le entendí. De repente podía controlar mi sangre y la de los demás, podía endurecerla, darle forma y quemarla... entre otras cosas. Así que atacamos. Lo que sí nunca me he permitido olvidar es la expresión que puso el muy hijo de puta que me engaño con sus promesas, la mueca de horror cuando le clavé mi sangre en su cuello, una y otra vez… —Victoria hizo silencio por un momento, como si replanteara sus palabras—. Mientras lo hacía la cabeza de ese cabronete explotó... supongo que fui yo. Tuvieron que pasar varios días para que pudiera darme cuenta de la magnitud y alcance que tenía con estos poderes. Una vez más las posibilidades se abría frente a mis pies, aunque de una forma muy diferente.
La pica de sangre endurecida de repente chisporroteó en llamas, y con un movimiento rápido de muñeca fue lanzada hacia la pared de piedra negra que se entremezclaba con las rocas de la montaña. La pica se rompió con el impacto pero los pedazos que quedaron atrás siguieron ardiendo por varios segundos.
—De las demás chicas no sé qué fue de ellas, supongo que algunas lo habrán logrado, otras tal vez no. En cuanto a la chica de medio oriente; creo que se llamaba Ghada o Ghalia, tampoco la volví a ver, espero que le haya ido mejor de lo que me fue a mi, siempre sentí que debió de advertirme que los vampiros también existían y que gustaban de coleccionar maleficarums para usarlos de perros guardianes, pero tampoco la puedo culpar, al menos con ellos; los mares roja, tenía libertad, limitada pero libertad, y no me obligaban a abrir mis piernas. Tenía un cuarto, cama, ropa bonita… ¡pero joder!, me convertí en bruja y guarura personal de chupasangres.
—Irónico, ¿no? —preguntó Ludo con una leve sonrisa—. Al menos ya no tienes que responderle a ningún demonio, ni tienes que beber su sangre para seguir viva… bueno, más o menos.
Victoria respiró con algo de alivio. Ya no era la misma de horas atrás, distaba mucho de la chica que le habían presentado a Ludovic en el vestíbulo, igual que muchos otros cerberos, solo era alguien a quien la curiosidad y circunstancias le habían tratado tremendamente mal.
—Por cierto, ¿cómo está eso de que tendré que alimentarme a base de malteadas? —preguntó preocupada—, ¿me van a convertir en una gymbro?, se que jamás volveré a modelar, pero me gusta mi figura.
Ludo rió con más apertura.
—No son malteadas aunque lo parecen. También te explicarán eso en la academia, es algo muy técnico que ni yo entiendo, pero descuida, seguirás viéndote igual de hermosa.
Ella desvió la mirada con incomodidad. Ludo, discreto, le dio la espalda para no incomodarla más y caminó hacia el pasillo.
—Sé lo que estás pensando, pero te aseguro que no tengo ninguna intención contigo —aseguró—. Se que después de todo lo que viviste mis palabras te pueden sonar vacías, pero como también dije, compartimos cierto nivel de trauma.
El yi-mini seguía flotando de forma errática en el corredor, y a pesar del fuerte silbido del viento Ludovic alcanzaba a escuchar la estridulación mecánica. El dron era controlado por Monad, pero casi parecía molesto por no poder escuchar la conversación que tenían Ludo y Victoria.
—Vamos. El pacto que hiciste pudo haber alargado tu vida, pero aun puedes enfermarte —dijo después de que Victoria ya no fue capaz de contener el castañeo de sus dientes—. Aun nos queda todo el claustro por recorrer.
Ya de regreso al pasillo el dron volvió a seguirlos, zumbando más de lo normal como un abejorro molesto. En cierto momento Victoria se giró para encarar a Ludovic.
—¿Vas a dejarme con la duda de cuales son esos traumas que tanto dices?, ¿tu sueño de ser supermodelo también se fue al carajo?, tus ropas son un desastre pero no voy a negar que estas majo.
Ludo mostró sus hoyuelos por el raro cumplido.
—Tú misma lo dijiste, ya te robé cámara. Por el día de hoy la historia que importa es la tuya, agradezco que me la hayas compartido y por tu confianza —aseguró sin ningún rastro de ironía—. Ya luego tendremos tiempo para seguir hablando.
De vuelta en el vestíbulo, Victoria no entendía como Ludovic le había inspirado una repentina confianza. Hablar de su pasado la hizo sentir una sutil liberación, aunque aún desconfiaba de la cofradía y los folkloristas.
—¿Seguimos? —preguntó Ludo a unos pasos frente a ella—. Te mostraré la biblioteca, es otro de mis lugares favoritos para esconderme.
La actitud de Victoria aún era algo distante, pero menos que al inicio.
—Hmm… duda. Si no eres un ser infernal, ¿de dónde vienen los íncubos?
—De Oniria —respondió Ludo sin dudar—, el plano de los sueños, un sitio muy alejado del plano infernal por lo que tengo entendido.


